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Cada día nos recibe su imagen, con esa mirada serena que lo caracterizaba, pero probablemente ni nos fijamos en él, entre otras cosas porque tal vez no tenemos muy claro de quién es esa estatua del hall. La tradición barrial nos legó un sobrenombre («Maturana») que eclipsó el homenaje que le quisieron tributar los fundadores de nuestro Colegio cuando lo eligieron como protector de esta Casa y de cuantos en ella compartimos cada día buena parte de nuestras vidas. Pero él sigue allí, con la humildad que le caracterizó hace cuatrocientos años, recibiéndonos para recordarnos la importancia de la bondad y la dulzura en la educación de los niños y los jóvenes.
Precisamente fueron estas cualidades suyas las que motivaron a Don Bosco a elegirlo como modelo y patrono de la Congregación que fundó: «porque quien quiera dedicarse a la educación de la juventud ha de estar imbuído de la dulzura y bondad que caracterizó a San Francisco de Sales». Por ello quiso Don Bosco llamar «Salesianos» a quienes se integraban a la «Sociedad de San Francisco de Sales» (nombre que le dio a la Congregación religiosa iniciada por él).
Ahora bien, ¿quién fue San Francisco de Sales? Sin duda que algo más que una persona «bondadosa y dulce». Si nos remitimos a una descripción breve, de diccionario, diremos: Obispo de Ginebra, Doctor de la Iglesia, cofundador (junto a Santa Juana de Chantal) de la Congregación de las Hermanas de la Visitación, conocido como «el santo de la amabilidad», cuya fiesta se celebra el 24 de enero.
Nació el 21 de agosto de 1567; murió el 28 de diciembre de 1622, a los 56 años, habiendo sido obispo durante 21 años. En 1665, el Papa Alejandro VII lo declara santo. En 1878, Pío IX lo declara «Doctor de la Iglesia», siendo llamado el «doctor de la amabilidad».
En esta breve reseña apareció dos veces la palabra «amabilidad», la cual nos hace pensar en seguida en Don Bosco y su Sistema Preventivo, uno de cuyos pilares es, precisamente, la amabilidad.
En su juventud, Juan Bosco fue asiduo lector de la vida de los santos, por lo cual no es difícil pensar que ya en ese momento haya quedado cautivado por el testimonio de Francisco de Sales. Aquel obispo que había luchado durante 19 años contra su carácter impulsivo, «mal genio», logrando transformarse, con la ayuda de Dios, en un hombre bondadoso y amable. «Se cazan más moscas con una cuchara de miel que con un barril de vinagre», decía San Francisco de Sales, afirmando que con la dulzura y el trato amable se logran más cosas que con malos modos. Otra de sus frases sencillas pero profundas dice: «la medida del amor es amar sin medida».
No es de extrañar, entonces, que Don Bosco viera en este santo un modelo, una referencia permanente para quien desea dedicarse a la educación de la juventud.
Y así como a Juan Bosco su madre Margarita le marcó a fuego en muchas actitudes, también Francisco de Sales aprendió de la suya, Doña Francisca de Boisy, mujer amable, trabajadora y profundamente piadosa, aquella virtud de trabajar mucho, trabajar siempre, pero sin perder la calma, sin inquietud, no dejando para mañana lo que se puede hacer hoy.
Hay dos de los libros escritos por él que nos pueden acercar mejor a la riqueza de su espiritualidad: el «Tratado del Amor de Dios» y la «Introducción a la Vida Devota».
Ojalá que este acercamiento a algunos aspectos de la vida de San Francisco de Sales nos mueva a procurar conocerlo más, para también quererlo más y así identificarnos mejor con aquel que es el protector de nuestra Casa común. Entonces sí, al llegar cada día y ver su imagen en la entrada, nos sentiremos animados por él a fomentar entre nosotros la dulzura, la bondad, la amabilidad y la humildad. Porque son las actitudes que nos pide «nuestra historia..»
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